lunes, 13 de enero de 2014

Besos diferidos

Me atrajo, lo hizo desde el momento que la vi apoyada en la barra de aquel bar, esperando con aire inocente a que le sirvieran su copa. Me atrajo como la playa acoge al naufrago, como el hambre asalta al mendigo, lo hizo con premura, con desazón, lo hizo a mi pesar. No debería haberme sentido así, total yo solo había salido a dar una vuelta, a despejar un poco mi mente y olvidarme por un rato de la universidad y los exámenes.
Me obligue a distraerme, a mirar alrededor, suplique a mi corazón que domeñara su ritmo, lo intente pero no pude resistirme. Volví a mirarla, no era alta ni baja, ni corpulenta ni delgada en exceso, en realidad hubiera sido un chica de lo más normal de no ser por ese aura de seguridad que parecía rodearla, por esa inexpresiva dulzura que pugnaba por  asomarse sin  consentimiento a sus ojos. Por alguna razón que aun se escapa a mi entendimiento no podía despegar mi vista de su pecho, casi podía imaginarme abrazándolo, deslizando mi lengua hasta esa frontera donde el torso pierde su nombre, abandonándome a sus proporcionadas y fibrosas extremidades.
En el bar la música y el deseo se agitaron un cocktail explosivo y, mi innata vergüenza me abandono; me acerque a ella, mire fijamente sus marrones ojos y  susurre mi nombre en su oído. Su respuesta atravesó mi oído y desato un inesperado efecto en mi entrepierna.”Sofía, me llamo Sofía” respondió,” ¿llevas un rato mirándome verdad?” pregunto. En realidad más que una pregunta sonó a afirmación, una de esas que no albergan ningún tipo de reproche sino que mas bien invitan a continuar. Directos y al grano, así me gustaban a mí las chicas, en cierta manera todos buscamos ese desafío que supone enfrentarte a lo diferente.
La mire, nos miramos durante un instante que pareció una eternidad, el movimiento a nuestro alrededor pareció ralentizarse. La mire, nos miramos, y el espacio entre nuestros labios se redujo considerablemente. Me miro, nos miramos, y susurro: “vivo aquí cerca, ¿me acompañas?”. “Nada me gustaría más” respondí sorprendido de mi propia osadía.
Ese fue el comienzo de la noche, el resto son fragmentos vagando en mi memoria, retazos de un dormitorio y una cama, de un cuerpo que ardía y del que no me creí capaz de despegarme.
 Recuerdo su lengua besando mi pene, endureciéndolo hasta extremos que nunca había conocido. Añoro el instante en que mi lengua recorrió su fibroso torso, regocijándose en el  reposo que su  pecho me brindo, a mi cuerpo abandonado al cálido refugio de sus extremidades. Aun me excito al pensar en los mil embates de mi cuerpo sobre el suyo.

Sudor, sudor y sexo es el olor que deje atrás a la mañana siguiente cuando abandone a hurtadillas aquella habitación. Ese mismo olor que ni el frio de la mañana golpeando mis mejillas y devolviéndome a la realidad pudo arrebatarme. Su olor, ese que busco en cada cama desde entonces.

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