miércoles, 4 de diciembre de 2013

Disolucion

El coche pareció encogerse, retraerse sobre sí mismo, como si incluso el supiera de lo inevitable de este momento. Comencé a sentir un extraño magnetismo, una imperiosa necesidad de disolverme sobre sus labios, de olvidar que el mundo tiene sus reglas y que a veces sale caro transgredirlas.
 Me embarque cual Odiseo inocente en el viaje de sus labios, en la dulce fragancia de su cuerpo, en esa misteriosa sensualidad que desprende su mirada. Me aleje con rumbo incierto. Rendido,
disfrute del lento balanceo de sus labios sobre los míos, soñé con perseguirlos hasta la frontera más alejada de su piel, hacia el más recóndito escondrijo que su ropa escondía.
 Me perdí en el recuerdo de cada momento compartido, en cada sonrisa asomada al balcón de su boca, a cada brillo de sus radiantes ojos; me perdí entre las rocosas costas de mi deseo y desee encallar para siempre.

Fue un leve susurro, una puñalada en forma de palabra, un “Vale” agridulce el que me hizo despertar, recordar que los ángeles les están vedados a los simples mortales. Fueron tan solo cuatro letras las que rompieron la inconsciencia de la pasión y desterraron este momento a un estrecho y ajado baúl llamado recuerdo.

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