Consumiendo cada leño de mi ayer me encuentro, alimentándome de ese pretérito que no volverá y maldiciendo por recordar. Miro el cielo, si… ese que fue nuestro, y tan solo veo oscuridad, miro el mar y nada más que una masa informe agua se me antoja. Recuerdo cuando lo hacíamos juntos, lo recuerdo como si fuera ayer y han pasado años. El cielo marcaba nuestro destino y el mar y su oleaje ponían banda sonora a nuestra elegida felicidad.
Recuerdos que no son sino una dulce maldición que me hacen estar viendo tus ojos y las heridas que tu mirada provocaba en mi voluntad, recuerdos que me transportan a la pulsera de tu tobillo y a mi soñando con llegar más allá.
Morir es recordar, es el olvidar que “nunca más” es el principio que ahora rige mi vida.

Si tan solo pudiera perderme en tu pecho una vez más, elegiría que fuera esta noche y tal vez todas las que le siguen. Si tan solo ese deseo me fuera concedido creería en ese destino del que tanto hablabas, de ese en el que yo tambien creía en esas noches, en que dormir atracado al puerto de tus caderas se me antojaba cotidiano.
Vivo, si, pero ...¡¿que es vivir sin un mañana, sin la esperanza del “nosotros” y ante la frenética realidad del “yo”?!.
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